Nunca hemos tenido acceso a tanta información y, al mismo tiempo, nunca ha sido tan necesario aprender a valorarla. Recibimos noticias en el móvil, buscamos respuestas en internet, vemos vídeos sobre cualquier acontecimiento y consultamos herramientas de inteligencia artificial capaces de responder casi cualquier pregunta. Todo llega con rapidez y, muchas veces, sin que sepamos quién ha publicado ese contenido, de dónde procede o qué pruebas lo respaldan. Entre tanta información conviven noticias contrastadas, errores, opiniones, contenidos manipulados y mensajes que se comparten sin comprobar. Por eso, aprender a buscar información ya no es suficiente. También necesitamos saber evaluarla, contrastarla y decidir cuándo merece nuestra confianza.

Las bibliotecas llevan mucho tiempo trabajando en la alfabetización informacional de la ciudadanía. A través de la formación de usuarios, los talleres de búsqueda de información y las actividades para aprender a utilizar recursos documentales y digitales, han ayudado a personas de todas las edades a encontrar, seleccionar y evaluar información. No es, por tanto, una tarea nueva, aunque ahora deba adaptarse a redes sociales, buscadores, aplicaciones de mensajería, vídeos y contenidos generados automáticamente. La UNESCO sitúa la alfabetización mediática e informacional entre las competencias que permiten comprender y evaluar críticamente la información que recibimos. Las bibliotecas llevan años acercando ese aprendizaje a la ciudadanía y pueden seguir adaptándolo a los nuevos formatos y canales.

Pero aquí aparece una pregunta que merece una reflexión. ¿Cómo puede una biblioteca enseñar a verificar información sin decir a las personas qué deben pensar? No se trata de convertir al personal bibliotecario en un juez que decide qué noticias son verdaderas y cuáles no. Tampoco de sustituir las opiniones de los usuarios por las de una institución. La propuesta es bastante más sencilla y, posiblemente, más útil: enseñar a formular buenas preguntas, encontrar pruebas, comparar fuentes y reconocer cuándo una afirmación necesita comprobarse. Es decir, ayudar a que cada persona tenga más recursos para llegar a sus propias conclusiones.

La desinformación va mucho más allá de las noticias falsas

Cuando hablamos de desinformación solemos pensar en noticias completamente inventadas. Sin embargo, muchos contenidos engañosos utilizan información real presentada de manera incorrecta. Una fotografía auténtica puede aparecer asociada a otro acontecimiento. Un titular puede exagerar lo que cuenta el artículo. Una noticia antigua puede circular como si acabara de suceder. También encontramos datos sin procedencia, cuentas que imitan instituciones y mensajes reenviados sin contexto.

Además, no todo ocurre en las redes sociales. Los buscadores también muestran información de calidad desigual, las aplicaciones de mensajería facilitan la circulación de rumores y los vídeos pueden presentar afirmaciones difíciles de comprobar a primera vista. Incluso una información correcta puede provocar interpretaciones equivocadas cuando se omiten detalles importantes. Verificar no debería reservarse para los grandes acontecimientos. Es una práctica cotidiana que podemos aplicar a lo que leemos, escuchamos y compartimos.

Las bibliotecas llevan años enseñando a buscar y evaluar información

La alfabetización informacional lleva muchos años formando parte de los servicios y actividades de las bibliotecas. Desde las sesiones de formación de usuarios hasta los talleres para aprender a buscar en catálogos, consultar bases de datos, utilizar internet o evaluar fuentes documentales, las bibliotecas han acompañado a la ciudadanía en el desarrollo de estas competencias. Muchas de ellas también llevan tiempo trabajando la alfabetización digital, ayudando a reducir las dificultades de acceso y uso de las tecnologías.

La alfabetización mediática da continuidad y amplía ese trabajo. Ahora también es necesario aprender a interpretar lo que aparece en las redes sociales, comprobar mensajes virales o contrastar las respuestas de la inteligencia artificial. El Manifiesto IFLA-UNESCO sobre Bibliotecas Públicas contempla expresamente el desarrollo de competencias mediáticas, informacionales y digitales entre las funciones de estos centros. Lo que cambia no es la vocación educativa de las bibliotecas, sino los formatos, las herramientas y algunas de las preguntas que debemos aprender a hacernos.

También es una oportunidad para dar visibilidad al conocimiento de quienes trabajan en ellas. Como comentaba en el post Sin profesionales, no hay bibliotecas, detrás de muchos servicios cotidianos hay decisiones y conocimientos profesionales que apenas se perciben desde fuera. Enseñar a utilizar la información con criterio es uno de esos trabajos que merecen mayor reconocimiento.

Enseñar a verificar sin decir a nadie qué debe pensar

Imaginemos que una persona llega a la biblioteca con una noticia que ha recibido por WhatsApp y pregunta si es cierta. La respuesta más útil no siempre consiste en decirle inmediatamente que sí o que no. Puede ser más interesante acompañarla durante unos minutos para comprobar de dónde procede.

¿Quién ha publicado la información? ¿Podemos encontrar la fuente original? ¿Qué fecha tiene? ¿Otros medios o instituciones independientes recogen los mismos datos? ¿El titular se corresponde con el contenido? Son preguntas sencillas que ayudan a mirar cualquier mensaje de otra manera.

También conviene prestar atención a las emociones. Un contenido que provoca miedo, indignación o una necesidad inmediata de compartirlo merece una segunda lectura. No porque las noticias que emocionan sean necesariamente falsas, sino porque una reacción intensa puede hacer que comprobemos menos aquello que estamos leyendo.

Lo importante es enseñar un método, no imponer una conclusión. La biblioteca puede mostrar cómo se contrastan afirmaciones y por qué unas pruebas ofrecen más garantías que otras. Eso no significa tratar todas las opiniones como igualmente fundamentadas. También hay que aprender a reconocer cuándo existen pruebas suficientes, cuándo son contradictorias y cuándo todavía no podemos llegar a una conclusión.

Bibliotecas españolas que ya trabajan la alfabetización mediática

En España encontramos experiencias que muestran distintas maneras de incorporar estas competencias a los servicios bibliotecarios.

Una de ellas es el Proyecto AMIGO, impulsado desde la Biblioteca de Extremadura. Su planteamiento consiste en formar al personal bibliotecario mediante sesiones en línea y presenciales para que posteriormente pueda desarrollar actividades de alfabetización mediática e informacional en sus propios centros. La segunda fase incorpora doce bibliotecas y contempla una red para compartir experiencias y materiales. Su principal aportación es que el aprendizaje no se queda en una actividad aislada, sino que busca extenderse entre bibliotecas de diferentes municipios.

En Cataluña, la Diputación de Barcelona desarrolla Entre línies, llegint la desinformació, en colaboración con Learn to Check. El proyecto ofrece formación al personal bibliotecario, materiales divulgativos y talleres para la ciudadanía. Es un buen ejemplo de cómo la colaboración con entidades especializadas puede facilitar que las bibliotecas incorporen actividades de verificación sin tener que diseñarlo todo por su cuenta.

También merece atención Conectados con la verdad, de la Biblioteca Pública Provincial Francisco Villaespesa de Almería. La iniciativa, desarrollada junto con los Centros de Participación Activa y Canal Sur, ha organizado formación dirigida a personas mayores de 60 años. Su experiencia muestra que estas competencias también pueden trabajarse desde la proximidad, con grupos reducidos, actividades participativas y colaboración entre instituciones.

Los bulos también pueden trabajarse desde la infancia

No hace falta esperar a la edad adulta para empezar a comprobar información. La infancia y la adolescencia ofrecen oportunidades para trabajar estas habilidades mediante juegos, lecturas y pequeños ejercicios de investigación.

La Biblioteca Pública Municipal de Miajadas, dentro del Proyecto AMIGO, desarrolló el taller Detectives de la verdad – ¡Cazadores de fake news!, dirigido a niños y niñas de 8 a 12 años. Entre sus actividades figuraban juegos para distinguir noticias verdaderas y falsas utilizando cartulinas de colores.

En Llerena, el Espacio Readmaker de la biblioteca Arturo Gazul colaboró en un taller para estudiantes de España y Francia sobre verificación digital y detección de contenidos creados con inteligencia artificial.

Son propuestas que permiten conectar la educación lectora con las competencias digitales. Al fin y al cabo, comprender un texto también implica preguntarse quién lo escribe, qué pretende comunicar y cómo podemos interpretar lo que cuenta.

La inteligencia artificial añade nuevas preguntas sobre lo que leemos

La inteligencia artificial generativa permite crear textos, imágenes, voces y vídeos cada vez más convincentes. Una información puede estar perfectamente redactada y contener errores. Una imagen puede parecer una fotografía documental sin representar un acontecimiento real.

Sin embargo, conviene evitar simplificaciones. Que un contenido esté generado con inteligencia artificial no significa que sea falso, del mismo modo que haber sido creado por una persona no garantiza que sea verdadero. Lo que necesitamos comprobar sigue siendo su procedencia, el contexto y las pruebas que respaldan sus afirmaciones.

La biblioteca también puede enseñar a contrastar respuestas de los chatbots con otras fuentes. Es un asunto que desarrollo con más detalle en Las bibliotecas también pueden enseñar a verificar las respuestas de la inteligencia artificial. La tecnología cambia, pero la necesidad de comprobar la información permanece.

Actividades sencillas para aprender a verificar información desde la biblioteca

Muchas bibliotecas ya organizan talleres de alfabetización informacional y digital, por lo que incorporar actividades relacionadas con la verificación de información puede ser una continuación natural de su trabajo. Y aquellas que disponen de menos recursos también pueden abordar estas competencias mediante pequeñas propuestas adaptadas a sus posibilidades. No se trata necesariamente de crear nuevos servicios, sino de aprovechar las actividades y los espacios de aprendizaje que ya existen.

  • Seguir el rastro de una noticia. Localizar su publicación original y comprobar si los mensajes posteriores conservan el contexto.
  • Comparar titulares. Analizar cómo diferentes medios presentan un mismo hecho y distinguir datos, interpretaciones y opiniones.
  • Investigar una fotografía. Utilizar herramientas de búsqueda inversa para comprobar dónde apareció anteriormente una imagen.
  • Resolver un reto de verificación. Presentar un mensaje viral y buscar conjuntamente pruebas que permitan confirmarlo, cuestionarlo o reconocer que faltan datos.

Estas actividades pueden incorporarse a talleres digitales, clubes de lectura, visitas escolares o encuentros con personas mayores. También pueden realizarse en colaboración con periodistas, centros educativos y asociaciones.

Lo importante no es que todas las personas terminen pensando igual, sino que aprendan a explicar cómo han llegado a sus conclusiones.

Las bibliotecas pueden ayudarnos a hacernos mejores preguntas

La alfabetización mediática no consiste en desconfiar de todo ni en comprobar compulsivamente cada mensaje. Consiste en desarrollar hábitos que nos permitan reconocer cuándo una información merece una segunda mirada y dónde podemos acudir para contrastarla.

Las bibliotecas llevan años acompañando a la ciudadanía en el aprendizaje y uso de la información. Hoy pueden seguir haciéndolo desde esa experiencia, incorporando nuevas herramientas y contenidos a sus actividades de alfabetización. Y pueden hacerlo sin convertirse en autoridades que decidan qué debemos creer.

Su mejor aportación puede ser enseñarnos a encontrar pruebas, valorar las fuentes y pensar por nuestra cuenta. Porque ayudar a alguien a hacerse mejores preguntas también es una manera de ofrecerle mayor autonomía frente a la información que recibe cada día.