Durante años, buena parte de la alfabetización informacional ha comenzado de una manera bastante sencilla: alguien escribe una pregunta en un buscador, recibe una lista de resultados y tiene que decidir cuáles merece la pena consultar. Ahí entraban en juego aspectos como la autoría, la fecha de publicación, la procedencia de la información o la fiabilidad de la fuente. Y ahí las bibliotecas siempre han tenido mucho que aportar.

La inteligencia artificial generativa está cambiando ese recorrido. Los chatbots ya no muestran necesariamente primero las fuentes, sino que ofrecen directamente una respuesta. En apenas unos segundos podemos encontrarnos con una explicación ordenada, clara y aparentemente convincente. El problema es que esa facilidad puede transmitir una seguridad que no siempre se corresponde con la calidad de la información ofrecida. Una respuesta puede contener datos desactualizados, interpretar mal una fuente o incluso citar documentos que no respaldan lo que se afirma.

Esto abre un espacio muy interesante para las bibliotecas. Ya no se trata únicamente de enseñar a buscar información, sino también de ayudar a las personas a comprobar la que reciben de una inteligencia artificial. Saber preguntarse de dónde sale una afirmación, encontrar la fuente original y decidir si realmente la respalda puede convertirse en una competencia cada vez más necesaria.

Una respuesta bien escrita no tiene por qué ser una respuesta correcta

Uno de los principales retos de los chatbots es precisamente lo bien que pueden expresarse. Una respuesta fluida, dividida en párrafos y escrita con seguridad puede resultar muy convincente. Sin embargo, la forma en la que está presentada una información no demuestra que sea cierta.

Pensemos, por ejemplo, en un estudiante que solicita a una herramienta de inteligencia artificial tres fuentes académicas para preparar un trabajo. Recibe autores, títulos y pequeñas descripciones y puede dar por hecho que el trabajo de búsqueda ya está hecho. Ahí es donde conviene cambiar el enfoque: esas referencias deberían entenderse como puntos de partida que necesitan ser comprobados.

El catálogo de la biblioteca, las bases de datos académicas, los repositorios institucionales o las páginas de las editoriales pueden ayudar a confirmar si esos documentos existen, quién los ha escrito, cuándo fueron publicados y, sobre todo, si realmente dicen aquello para lo que están siendo citados.

En realidad, no estamos hablando de algo completamente nuevo. El personal bibliotecario lleva mucho tiempo comprobando referencias, diferenciando fuentes primarias y secundarias, comparando ediciones, revisando fechas y ayudando a encontrar la fuente más adecuada para cada necesidad. La inteligencia artificial cambia la herramienta y el punto de partida, pero muchas de las competencias necesarias para evaluar la información siguen siendo las mismas.

También aparece otra cuestión que merece atención: la privacidad. Utilizar un chatbot para resolver una duda general no es lo mismo que introducir información personal, confidencial o sensible. Las actividades de alfabetización digital pueden ser una buena oportunidad para explicar qué información conviene compartir con servicios externos y qué precauciones merece la pena tomar. Existen herramientas orientadas a reforzar la privacidad en Internet, como CyberGhost, pero lo realmente importante es comprender qué hace cada servicio, qué datos utiliza y cuáles son sus límites.

Una pequeña rutina para comprobar lo que dice un chatbot

No todas las respuestas necesitan el mismo nivel de comprobación. Si una inteligencia artificial responde que Madrid es la capital de España, probablemente no tengamos que iniciar una investigación. La situación cambia cuando proporciona una estadística, interpreta una legislación, recomienda una decisión relacionada con la salud o atribuye una determinada frase a una persona.

Una rutina sencilla puede empezar identificando qué afirmaciones de la respuesta son realmente importantes. Después toca buscar las pruebas. Si el chatbot aporta fuentes, lo recomendable es abrirlas y comprobarlas. Si no las proporciona, será necesario acudir a otras fuentes fiables y adecuadas para el tipo de información que estamos buscando.

También hay que mirar las fechas. Una respuesta puede haber sido correcta hace unos meses y haber dejado de serlo porque ha cambiado una normativa, un cargo público, una aplicación informática o el conocimiento disponible sobre un determinado asunto.

Y siempre que sea posible conviene comparar. Encontrar la misma información en varias fuentes independientes y solventes ayuda a aumentar la confianza. No se trata de desconfiar sistemáticamente de todo lo generado por inteligencia artificial, sino de saber cuándo podemos aceptar una respuesta rápida y cuándo merece la pena dedicar unos minutos adicionales a comprobarla.

Las bibliotecas pueden incorporar la verificación de la IA a su día a día

Este tipo de aprendizaje no tiene por qué convertirse necesariamente en un nuevo curso sobre inteligencia artificial. Puede incorporarse a muchas de las actividades que las bibliotecas ya realizan.

Una biblioteca escolar puede pedir al alumnado que lleve una respuesta creada con un chatbot y analizarla conjuntamente. Una biblioteca pública puede introducir esta práctica en talleres sobre desinformación, privacidad o competencias digitales. Y una biblioteca universitaria puede trabajar la comprobación de referencias generadas por IA dentro de sus actividades de formación sobre fuentes académicas, investigación y citas.

Aquí aparece, además, una oportunidad para reivindicar una de las funciones más importantes de las bibliotecas. Su valor nunca ha consistido únicamente en ofrecer información más rápido que Internet. Mucho menos ahora, cuando una inteligencia artificial puede producir una respuesta en segundos.

Cuando las respuestas son fáciles de obtener, saber valorarlas cobra todavía más importancia. Un chatbot puede ayudarnos a explorar un tema, resumir un documento o encontrar posibles caminos para continuar una investigación. Pero ayudar no es lo mismo que tener autoridad.

Las bibliotecas pueden enseñar precisamente esa diferencia. Pueden ayudar a las personas a localizar pruebas, contrastar fuentes, detectar errores y tomar decisiones mejor informadas. Porque las herramientas para acceder a la información seguirán cambiando, pero la necesidad de saber qué información merece nuestra confianza seguirá estando ahí.