Muchas bibliotecas públicas cuentan con colecciones de literatura juvenil, organizan actividades para distintas edades y reciben habitualmente a adolescentes que acuden a estudiar, hacer trabajos o preparar exámenes. Esa presencia, sin embargo, no significa necesariamente que sientan la biblioteca como un lugar propio. Es posible conocer perfectamente sus mesas de estudio y no saber qué otros servicios ofrece. También puede ocurrir que una persona joven utilice la biblioteca durante años sin haber participado nunca en una actividad o dado su opinión sobre lo que encuentra allí. La cuestión no es únicamente conseguir que entren, sino ofrecerles motivos para quedarse, participar y regresar.
Los datos tampoco justifican pensar que los adolescentes hayan perdido el interés por los libros. Según el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España 2025, el 76,9 % de las personas de entre 14 y 24 años lee libros en su tiempo libre, el porcentaje más alto entre los grupos de edad analizados. Además, el 48 % de este mismo grupo declara haber visitado una biblioteca durante el último año. Aunque estas cifras incluyen también a jóvenes que ya han superado la adolescencia, permiten cuestionar muchos prejuicios. El reto no parece estar solamente en acercarles a los libros, sino también en fortalecer su relación con las bibliotecas.
Quizás deberíamos preguntarnos qué encuentran los adolescentes cuando entran en una biblioteca y cuánto pueden influir en aquello que se les ofrece. Durante la infancia suelen disponer de espacios reconocibles, actividades específicas y propuestas pensadas para sus edades. Después llega una etapa en la que sus intereses, necesidades y formas de relacionarse cambian. Y no siempre los servicios bibliotecarios evolucionan al mismo ritmo. Esto nos lleva a una pregunta que merece la pena plantearse. ¿Estamos diseñando bibliotecas para adolescentes o simplemente ofreciendo a los adolescentes espacios y actividades que hemos decidido los adultos? La respuesta puede ayudarnos a revisar cómo entendemos su participación.
Estar en la biblioteca no significa necesariamente sentirse parte de ella
Las salas de estudio son uno de los servicios que pueden acercar a los adolescentes a las bibliotecas. Disponer de un lugar tranquilo, gratuito y adecuado para concentrarse tiene un valor enorme, especialmente cuando las condiciones de estudio en casa no son las mejores. Pero utilizar una mesa para preparar un examen no implica conocer las colecciones, participar en actividades o sentirse parte de la comunidad bibliotecaria. Son formas diferentes de relacionarse con un mismo servicio público.
También convendría observar cómo reciben las bibliotecas a quienes ya no se identifican con la sección infantil, pero tampoco encuentran propuestas dirigidas a sus intereses. ¿Pueden reunirse con sus amistades? ¿Saben dónde consultar sus dudas? ¿Encuentran actividades que les apetecería realizar? Sentirse parte de una biblioteca supone algo más que poder entrar y utilizar sus instalaciones. También significa reconocer que sus opiniones cuentan.
Un espacio juvenil necesita algo más que una estantería con libros
Una colección juvenil bien seleccionada puede ser un buen comienzo, pero no resuelve por sí sola todas las necesidades de este público. El mobiliario, la distribución de las salas, la señalización y las posibilidades de uso también influyen. Algunas bibliotecas podrán habilitar espacios diferenciados para estudiar, conversar o trabajar en grupo. Otras tendrán que buscar soluciones dentro de instalaciones compartidas. Lo importante es que el diseño responda a las necesidades de sus usuarios y no únicamente a una distribución tradicional de los espacios.
También pueden tener cabida el manga, los cómics, los videojuegos, los dispositivos tecnológicos o las creaciones realizadas por los propios adolescentes. No todas las bibliotecas necesitan incorporar estos elementos ni disponen de recursos para hacerlo. De hecho, a veces bastará con reorganizar una zona, mejorar la visibilidad de determinadas colecciones o permitir usos que antes no se contemplaban. Un espacio juvenil funciona mejor cuando responde a necesidades reales y no a una idea adulta de lo que debería gustar a los adolescentes.
Bibliotecas españolas que están ampliando sus propuestas para adolescentes
Las Bibliotecas Municipales de Villena han impulsado Young Adult, un espacio destinado a jóvenes de 13 a 17 años. Además de ofrecer una colección específica relacionada con inquietudes como la identidad o la salud mental, el proyecto plantea colaborar con el Espacio Joven y los centros de secundaria para crear una comunidad lectora. La propuesta resulta interesante porque busca conectar a estudiantes de distintos institutos y ampliar su relación con las bibliotecas más allá del préstamo.
Otra experiencia se encuentra en la Biblioteca Pública Infanta Elena de Sevilla, donde se ha renovado la sala juvenil y el aula para facilitar los trabajos en grupo, mejorar la accesibilidad e incorporar mobiliario adaptable, conexiones eléctricas y espacios para talleres, encuentros y actividades. Es una muestra de cómo reorganizar las instalaciones puede ampliar las posibilidades de uso sin eliminar necesariamente los puestos de estudio.
En Reus, las bibliotecas municipales están explorando diferentes maneras de relacionar lectura, creación y participación. El proyecto Adolescents amb veu pròpia, dirigido a jóvenes de 12 a 15 años, combina lectura, conversación y expresión artística en bibliotecas y espacios juveniles. También han desarrollado propuestas para mayores de 12 años relacionadas con el manga, los juegos de rol y un club de inglés impulsado y conducido por una joven. Son iniciativas diferentes, pero comparten la voluntad de dar cabida a intereses y formas de expresión que van más allá de la lectura individual.
Preguntar a los adolescentes antes de decidir por ellos
Una de las experiencias españolas más interesantes de participación juvenil fue 9B Espai Jove, desarrollado en las bibliotecas Nou Barris y Zona Nord de Barcelona. Este proyecto permitió que los jóvenes participaran en la transformación de sus espacios mediante la identificación de necesidades, la elaboración de propuestas y el diseño de prototipos. Lo interesante no fue únicamente el resultado material, sino el proceso. En lugar de presentarles un espacio terminado, las bibliotecas les ofrecieron la posibilidad de intervenir en su definición.
Esta manera de trabajar puede adaptarse a bibliotecas con recursos muy diferentes. No hace falta comenzar con una reforma. Se puede crear un pequeño grupo de consulta, preguntar qué actividades organizarían, permitir que recomienden adquisiciones o invitarles a colaborar en la programación. Como ocurre con otras acciones de marketing bibliotecario centradas en escuchar a la comunidad, lo importante es conocer sus necesidades antes de tomar decisiones. El informe sobre participación ciudadana en bibliotecas públicas españolas, promovido por el Consejo de Cooperación Bibliotecaria, recoge experiencias en las que la implicación de los jóvenes aumenta cuando pueden organizar actividades y asumir responsabilidades. Escucharles no significa aceptar todas sus propuestas, sino explicar qué puede hacerse, incorporar sus ideas y contarles qué decisiones se han tomado.
Las actividades juveniles pueden comenzar lejos de los libros
Un taller de creación audiovisual, una partida de juegos de mesa, un encuentro sobre videojuegos o una actividad musical también pueden facilitar el encuentro con la biblioteca. No deberían entenderse como trucos para conseguir nuevos lectores, sino como oportunidades para aprender, compartir intereses y conocer los recursos disponibles. La campaña #LeeMadrid Jóvenes, dirigida a alumnado de 4.º de ESO, ha desarrollado talleres e itinerarios literarios mediante la colaboración con centros educativos. Son formas de presentar la biblioteca desde experiencias diferentes a la visita tradicional.
Las actividades relacionadas con el cómic ofrecen otro ejemplo. La Biblioteca Iván de Vargas de Madrid organiza Multiverso, un club para jóvenes a partir de 14 años que reúne distintas tradiciones del cómic y el manga. Como comentaba en el artículo sobre el crecimiento del manga, el cómic y la novela gráfica en las bibliotecas, estas propuestas permiten crear comunidades alrededor de intereses compartidos y descubrir después otras lecturas sin necesidad de imponerlas.
El personal bibliotecario también hace que los adolescentes se sientan bienvenidos
Una biblioteca puede disponer de buenas instalaciones y actividades atractivas, pero la relación con el personal también influye en cómo se vive el espacio. Escuchar sin prejuicios, conocer los intereses juveniles, recomendar sin imponer y explicar las normas de manera comprensible ayuda a generar confianza. También importa reconocer que la biblioteca puede ser un lugar para estar, encontrarse con otras personas o pasar un rato, aunque no se participe en ninguna actividad. Estas formas de utilizarla pueden convivir con la lectura y el estudio.
Naturalmente, esta convivencia requiere trabajo. Hay que gestionar el ruido, atender necesidades diferentes y resolver conflictos entre usuarios. No siempre será fácil, especialmente cuando faltan espacios o personal. Por eso resulta importante establecer normas claras, disponer de zonas con usos compatibles y contar con profesionales capaces de mediar. La participación juvenil no elimina estas responsabilidades, pero puede facilitar que los adolescentes comprendan las decisiones y colaboren en el cuidado de un espacio que también consideran suyo.
Crear bibliotecas con adolescentes y no únicamente para adolescentes
No existe una fórmula válida para todas las bibliotecas. Cada comunidad tiene sus propias necesidades y cada centro debe trabajar con los recursos disponibles. Lo que sí parece razonable es dejar de tomar todas las decisiones sobre los adolescentes sin contar con ellos.
Quizás el primer paso sea tan sencillo como preguntarles qué esperan encontrar en su biblioteca y escuchar realmente sus respuestas. Porque conseguir que un adolescente sienta que ese espacio público también le pertenece puede ayudar a construir una relación duradera con la lectura, la cultura y la comunidad. Y esa relación puede acompañarle mucho más allá de su adolescencia.
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