Imaginemos una biblioteca nueva. Un edificio magnífico, miles de libros, espacios cómodos para leer y estudiar, ordenadores, wifi, préstamo electrónico, máquinas de autopréstamo y sistemas que permiten ampliar el horario de apertura. Sobre el papel parece tenerlo todo. Pero falta una pregunta importante: ¿quién va a hacer que todo eso funcione realmente como una biblioteca? Porque los edificios pueden construirse, las colecciones comprarse y la tecnología instalarse. Lo que no puede adquirirse con una máquina es el conocimiento profesional necesario para decidir qué necesita una comunidad y cómo debe responder la biblioteca.

Buena parte de ese trabajo pasa desapercibido. Quien entra en una biblioteca ve mostradores, estanterías, salas, ordenadores y actividades. Detrás hay profesionales seleccionando y organizando colecciones, resolviendo consultas, trabajando con colegios y asociaciones, programando actividades, formando en competencias digitales, conservando documentos, comunicando servicios, mejorando la accesibilidad, evaluando resultados y atendiendo necesidades muy diferentes. La biblioteca visible es solo una parte. Hay otra biblioteca que se planifica y construye cada día desde dentro.

Reivindicar a quienes trabajan en ella no es defender una profesión porque sí. Es defender la calidad del servicio que recibe la ciudadanía. El Manifiesto IFLA-UNESCO sobre Bibliotecas Públicas define al personal bibliotecario como intermediario activo entre las personas y los recursos y señala la formación profesional y continua como indispensable. No es un detalle menor. Si queremos hablar seriamente de bibliotecas de calidad, también tenemos que hablar de quienes las hacen posibles.

Precisamente esa es la idea que resume el lema elegido este año por el Ministerio de Cultura para el Día de las Bibliotecas, «Sin profesionales, no hay bibliotecas». Más que una frase reivindicativa, sirve para poner el foco en todo el trabajo, muchas veces invisible, que hay detrás de cada servicio bibliotecario.

Detrás de cada servicio bibliotecario hay decisiones profesionales que casi nunca se ven

Reducir el trabajo bibliotecario al préstamo y devolución de libros sería quedarse en la superficie. Antes de que un documento llegue a una estantería o aparezca en un catálogo hay decisiones sobre selección, adquisición, descripción, organización, conservación y accesibilidad. Y cada una influye en la colección que finalmente encuentra la ciudadanía.

Lo mismo ocurre con los servicios. Un club de lectura no aparece espontáneamente. Tampoco una actividad infantil, un programa de alfabetización digital, una guía de recursos, una exposición bibliográfica o una colaboración con un centro educativo. Hay que diseñarlos, coordinarlos, comunicarlos y valorar después si han servido para algo.

Incluso las acciones más cotidianas contienen conocimiento profesional. Una recomendación de lectura exige conocer libros, pero también escuchar. Una búsqueda de información puede requerir seleccionar fuentes y descartar otras. Atender a una persona que tiene dificultades con una gestión electrónica obliga a entender tanto la herramienta como sus necesidades.

Este trabajo resulta difícil de medir desde fuera porque muchas veces su éxito consiste precisamente en que todo parezca sencillo: que el libro esté localizado, la actividad funcione, la persona encuentre lo que buscaba, el catálogo responda y la sala esté preparada cuando se necesita. Pero que todo funcione con naturalidad no significa que funcione solo.

Tener las puertas abiertas no basta si apenas queda tiempo para hacer biblioteca

Una biblioteca puede permanecer abierta y, sin embargo, perder progresivamente capacidad para prestar un verdadero servicio bibliotecario.

Cuando una plantilla debe dedicar prácticamente toda su jornada a mantener las operaciones básicas, hay trabajos que empiezan a quedar relegados. Revisar una colección. Preparar proyectos. Crear relaciones con asociaciones. Acercarse a quienes no utilizan la biblioteca. Mejorar la accesibilidad. Desarrollar actividades. Evaluar qué está funcionando y qué debería cambiar. Formarse. Pensar.

Y este último verbo importa especialmente. Los profesionales necesitan tiempo para pensar la biblioteca.

Una biblioteca no debería limitarse a administrar lo que ya tiene, sino estar atenta a lo que cambia a su alrededor y preguntarse si sigue respondiendo a las necesidades de su comunidad. Eso implica detectar qué falta, a qué públicos todavía no consigue llegar, qué servicios necesitan revisarse y qué nuevas oportunidades podrían incorporarse.

Por eso una plantilla suficiente no es únicamente una cuestión laboral. Tiene consecuencias directas sobre el servicio. Cuando cada persona está absorbida por las urgencias del día a día, la biblioteca corre el riesgo de convertirse en una organización que mantiene lo existente, pero dispone de poco margen para evolucionar.

Y una biblioteca que no puede observar, experimentar, evaluar y cambiar tendrá muchas dificultades para seguir siendo relevante para su comunidad.

Una colección no se construye sola y un algoritmo tampoco puede asumir todas las decisiones

Comprar muchos libros no garantiza tener una buena colección. Incorporar recursos digitales tampoco. Una colección bibliotecaria exige selección y equilibrio, conocimiento de los públicos, atención a la diversidad, actualización y capacidad para detectar ausencias.

Aquí aparece una palabra que resulta fundamental: criterio.

El criterio profesional permite decidir qué incorporar, qué conservar, qué retirar, qué destacar y qué puede resultar útil para una comunidad determinada. Significa también reconocer que ninguna colección es neutral ni infinita y que cada decisión implica priorizar unos recursos frente a otros.

Ese criterio se extiende mucho más allá de los libros. También se aplica a las fuentes de información, las actividades, las herramientas digitales, las tecnologías que incorpora la biblioteca o las colaboraciones que establece.

En un entorno de abundancia informativa, disponer de más contenidos no elimina esta función. Probablemente la hace más necesaria. Encontrar información resulta sencillo. Saber si es fiable, suficiente, actual, adecuada y pertinente puede ser bastante más complicado.

El profesional bibliotecario ya no es imprescindible porque guarde una información a la que solo se pueda acceder desde la biblioteca. Su valor está cada vez más en saber orientarse dentro de una abundancia de información y ayudar a otras personas a hacerlo.

La biblioteca también necesita profesionales para llegar a quienes nunca entran por la puerta

Una biblioteca no debería medir su relación con la comunidad únicamente por las personas que ya utilizan sus servicios.

También existen quienes no entran. Personas que desconocen lo que ofrece, que no encuentran allí algo que necesitan, que tienen dificultades de acceso, que consideran que la biblioteca no es para ellas o que simplemente nunca han pensado en utilizarla.

Llegar hasta esos públicos exige mucho más que abrir una puerta y esperar.

Hay que crear relaciones con colegios, asociaciones, servicios sociales, centros de mayores, entidades culturales y otros agentes del entorno. Escuchar. Comunicar mejor. Salir fuera del edificio. Detectar barreras. Adaptar servicios cuando sea necesario.

Este trabajo comunitario es una de las partes más valiosas y menos visibles de muchas bibliotecas. También demuestra por qué no puede pensarse en ellas únicamente como lugares donde se almacenan y prestan documentos.

Una biblioteca pública tiene sentido cuando consigue ser útil para su comunidad. Y para saber qué significa ser útil hace falta conocer esa comunidad, conversar con ella y estar dispuesto a modificar servicios en función de lo aprendido.

Ese conocimiento no viene instalado con el edificio.

Automatizar tareas debería servir para reforzar el trabajo profesional, no para prescindir de él

El autopréstamo, la devolución automatizada, el acceso ampliado, los servicios digitales y otras tecnologías pueden hacer las bibliotecas más ágiles y facilitar una mayor autonomía a las personas usuarias. La inteligencia artificial abre además nuevas posibilidades para buscar información, trabajar con metadatos, generar contenidos, analizar datos o automatizar determinadas tareas.

Bien utilizadas, son avances muy positivos.

Pero existe una diferencia importante entre automatizar una tarea y automatizar una profesión.

Una máquina puede registrar un préstamo. No decide qué colección necesita un barrio. Un sistema puede permitir entrar en un edificio fuera del horario habitual. No detecta que determinados usuarios están quedando excluidos. Una inteligencia artificial puede generar una respuesta o resumir un documento. No elimina la necesidad de valorar la fuente, comprobar el resultado, comprender el contexto o decidir si esa herramienta es adecuada para un servicio público.

La cuestión no debería ser cuántos profesionales podemos sustituir gracias a la tecnología, sino qué trabajo profesional podemos mejorar gracias a ella.

Automatizar operaciones rutinarias puede liberar tiempo para aquello que resulta mucho más difícil automatizar: atender casos complejos, diseñar proyectos, formar, seleccionar, evaluar, establecer relaciones y acompañar.

Como ya comenté al hablar de la inteligencia artificial en las bibliotecas, incorporar estas herramientas exige también tomar decisiones sobre fiabilidad, privacidad, transparencia, propiedad intelectual y uso responsable. Y esas decisiones necesitan conocimiento profesional.

Cuanta más información circula, mayor es la necesidad de enseñar a utilizarla con criterio

Durante mucho tiempo, una de las principales dificultades era acceder a la información. Hoy el problema puede ser exactamente el contrario. Tenemos demasiada.

Buscadores, redes sociales, medios digitales, plataformas, vídeos, recomendaciones algorítmicas e inteligencia artificial ofrecen una corriente constante de contenidos. Junto a información rigurosa circulan errores, publicidad encubierta, manipulaciones, contenidos descontextualizados y respuestas generadas automáticamente que pueden resultar muy convincentes aunque sean incorrectas.

En este escenario, la biblioteca tiene una responsabilidad que va mucho más allá de proporcionar wifi o acceso a un ordenador.

Puede ayudar a desarrollar una ciudadanía capaz de buscar, comparar, verificar y utilizar información de manera crítica. Puede acompañar a quienes tienen más dificultades para desenvolverse en entornos digitales. Puede enseñar no solamente dónde encontrar una respuesta, sino también cómo preguntarse si esa respuesta merece confianza.

Esto exige profesionales preparados. Personas que también tendrán que seguir aprendiendo porque las herramientas cambian rápidamente.

Las competencias digitales del personal bibliotecario ya forman parte del trabajo cotidiano, pero la formación nunca puede considerarse terminada. Inteligencia artificial, privacidad, datos, accesibilidad o nuevos modelos de comunicación seguirán incorporando responsabilidades.

Defender la importancia de los profesionales implica, por tanto, defender también su derecho y su obligación de actualizarse.

Reivindicar la profesión no significa defender que todo continúe como siempre

Las bibliotecas cambian y quienes trabajan en ellas también deben hacerlo.

Algunas funciones perderán peso. Otras se automatizarán. Aparecerán nuevas especializaciones y probablemente se incorporarán con mayor frecuencia perfiles relacionados con tecnología, comunicación, educación, datos, accesibilidad, conservación o participación comunitaria.

No todas las bibliotecas necesitarán exactamente los mismos equipos. Una pequeña biblioteca municipal tendrá una realidad diferente a una gran biblioteca universitaria, una especializada o una biblioteca nacional. Pero todas necesitan personas con competencias adecuadas para los servicios que deben prestar.

La defensa del trabajo profesional no puede basarse, por tanto, en conservar intactas las funciones tradicionales. Tiene que apoyarse en algo mucho más ambicioso: demostrar que el conocimiento bibliotecario continúa siendo necesario precisamente porque las bibliotecas están cambiando.

Y eso requiere formación continua, capacidad de adaptación y organizaciones que permitan aprender, probar nuevas soluciones y participar en las decisiones.

No podemos pedir bibliotecas innovadoras mientras esperamos que sus profesionales trabajen exactamente igual que hace veinte años.

No existe una estrategia seria de modernización bibliotecaria que pueda olvidarse de las personas

Resulta mucho más fácil presentar públicamente una reforma de un edificio, nuevos ordenadores o un sistema tecnológico que anunciar que se ha reforzado un equipo profesional. Lo primero se fotografía. Lo segundo puede pasar inadvertido.

Sin embargo, el éxito de muchas de esas inversiones dependerá precisamente de las personas.

Una nueva sala no decide para qué se utilizará. Una plataforma digital no consigue por sí sola que la ciudadanía la conozca. Una colección no identifica automáticamente sus carencias. Un sistema de inteligencia artificial no establece qué usos son aceptables dentro de un servicio público. Un horario ampliado tampoco garantiza que durante el resto del día exista capacidad para ofrecer mejores servicios.

Por eso invertir en profesionales no debería considerarse un gasto complementario después de pagar edificios, colecciones y tecnología. Es una inversión estructural.

Si queremos bibliotecas más inclusivas, hacen falta profesionales capaces de detectar barreras. Si queremos combatir la desinformación, hacen falta personas preparadas para enseñar a evaluar fuentes. Si queremos aprovechar la inteligencia artificial, necesitamos criterio para incorporarla. Si queremos atraer a nuevos públicos, necesitamos conocerlos. Si queremos mejores colecciones, alguien debe construirlas.

Podemos seguir modernizando espacios, automatizando operaciones y ampliando servicios digitales. Debemos hacerlo. Pero ninguna estrategia de futuro estará completa si las personas aparecen al final de la lista.

Los edificios importan. Las colecciones importan. La tecnología importa. Los horarios y los recursos económicos importan. Pero una biblioteca no es la suma de todos esos elementos, sino lo que los profesionales consiguen hacer con ellos al servicio de una comunidad.

De ahí que «Sin profesionales, no hay bibliotecas» resuma tan bien una realidad que a veces pasa desapercibida. Detrás de cada servicio, cada colección, cada actividad y cada proceso de transformación hay personas aportando conocimiento, criterio, experiencia y capacidad para adaptarse a las necesidades de su comunidad. Invertir en profesionales es, en definitiva, invertir en el presente y en el futuro de las bibliotecas.