No todas las personas pueden acudir a una biblioteca. Una hospitalización, una movilidad reducida, la edad, una estancia en una residencia o el ingreso en un centro penitenciario pueden hacer que algo tan cotidiano como acercarse a buscar un libro deje de ser sencillo o directamente no sea posible. Precisamente por eso, algunas bibliotecas están buscando fórmulas para llevar libros, lectura y servicios allí donde se encuentran sus comunidades. Hospitales, residencias, centros de día, domicilios y otros espacios se convierten así en lugares en los que la biblioteca también puede estar presente.
El edificio continúa siendo fundamental. Es el lugar donde se encuentran las colecciones, se estudia, se lee, se participa en actividades y se establecen muchas de las relaciones que hacen de la biblioteca un espacio comunitario. Pero el servicio bibliotecario no tiene por qué terminar en la puerta. De hecho, el Manifiesto IFLA-UNESCO sobre Bibliotecas Públicas señala la necesidad de ofrecer servicios y materiales específicos a quienes no pueden utilizar los servicios habituales y menciona expresamente a las personas hospitalizadas o en prisión. También contempla los servicios de extensión para quienes no pueden visitar físicamente la biblioteca.
Esto lleva a una pregunta interesante. ¿Hasta dónde puede llegar una biblioteca cuando entiende que su comunidad no siempre puede acudir a ella? Las experiencias que encontramos en distintos lugares de España muestran que bastante lejos. Y no se trata únicamente de transportar libros, sino de adaptar servicios, seleccionar materiales, mediar alrededor de la lectura y trabajar junto a otros profesionales para llegar a personas que también forman parte de la comunidad.
La biblioteca puede ampliar sus servicios más allá de su edificio
Hablar de extensión bibliotecaria es hablar, en buena medida, de eliminar distancias. Algunas son geográficas, pero otras tienen que ver con la salud, la movilidad, la edad o las circunstancias personales. La propia legislación bibliotecaria navarra, por ejemplo, define los servicios de extensión como aquellos destinados a zonas sin biblioteca estable o a personas y colectivos con dificultades para acceder a ella, una definición que aparece recogida también en el convenio para prestar servicios bibliotecarios en el Centro Penitenciario de Pamplona.
Esta forma de entender la biblioteca cambia ligeramente la pregunta habitual. En lugar de pensar solamente en cómo conseguir que más personas entren, también podemos preguntarnos cómo conseguir que el servicio llegue hasta quienes no pueden hacerlo.
Eso puede significar llevar un libro a un domicilio, preparar una colección para una residencia, organizar una lectura en un hospital o colaborar con un centro penitenciario. En todos esos casos sigue existiendo trabajo bibliotecario. Hay selección de materiales, conocimiento de los públicos, organización, mediación, accesibilidad y coordinación con otros profesionales.
Y detrás de todo ello hay personas tomando decisiones. Como comentaba recientemente al hablar de por qué sin profesionales no hay bibliotecas, buena parte del trabajo bibliotecario consiste precisamente en detectar a qué públicos no se está llegando, establecer relaciones con otras entidades y adaptar los servicios a las necesidades de la comunidad.
Los hospitales muestran distintas formas de acercar la lectura a quienes no pueden ir a la biblioteca
Los hospitales ofrecen buenos ejemplos porque permiten observar modelos muy diferentes. En el Hospital General Universitario de Elche, el proyecto Leer Sana el Alma, desarrollado junto a la Red de Bibliotecas Municipales de Elche, ha instalado puntos de lectura en las plantas de hospitalización de adultos. Los libros están disponibles en zonas comunes para pacientes y familiares y su selección y funcionamiento tienen en cuenta las condiciones particulares de un entorno sanitario, desde la limpieza de los ejemplares hasta su retirada cuando se deterioran.
En Leganés encontramos otra fórmula. El Hospital Universitario Severo Ochoa y las bibliotecas municipales colaboran en un proyecto de lecturas teatralizadas y música. Las actividades se realizan en espacios del hospital y pueden difundirse además a las habitaciones. Aquí la biblioteca no traslada únicamente una colección, sino también una actividad cultural y de mediación.
Algo parecido, aunque con su propia personalidad, sucede en Bellvitge. La Biblioteca Bellvitge y el Hospital Universitario de Bellvitge mantienen De viva veu, un programa en el que profesionales de la biblioteca realizan lecturas en voz alta para pacientes. Su continuidad durante varias ediciones muestra además algo importante. La extensión bibliotecaria gana fuerza cuando deja de ser una acción puntual y consigue integrarse en una relación estable entre instituciones.
Los libros también pueden llegar a domicilios, residencias, centros de día y prisiones
Salir de la biblioteca puede ser tan sencillo, y a la vez tan importante, como conseguir que un libro llegue a una casa. La Telebiblioteca de la Comunidad de Madrid ofrece préstamo a domicilio a personas mayores o con discapacidad que encuentran dificultades para desplazarse. Su colección incorpora además audiolibros, libros de letra grande y materiales de lectura fácil, lo que demuestra que acercar físicamente los documentos es solo una parte del servicio. También hay que pensar qué materiales pueden responder mejor a las necesidades de quienes los reciben.
Las bibliotecas de Donostia Kultura cuentan igualmente con un servicio gratuito de préstamo a domicilio para personas que, por razones de salud o movilidad, no pueden desplazarse. En este caso la colaboración con la asociación Helduen Hitza permite que personas voluntarias lleven y recojan los materiales.
La biblioteca puede llegar incluso sin mover físicamente sus libros. El programa Leyendo con Mayores conecta bibliotecas municipales de Madrid con residencias y centros de día mediante lecturas en directo y conversaciones posteriores alrededor de los textos. Las obras son seleccionadas desde las bibliotecas y el voluntariado pone voz a esas lecturas.
Otro contexto completamente diferente lo encontramos en el Centro Penitenciario de Pamplona. El convenio entre Instituciones Penitenciarias y el Gobierno de Navarra contempla la actualización de la colección siguiendo criterios profesionales, asesoramiento y formación para quienes atienden la biblioteca, talleres de lectura fácil y escritura creativa y actividades culturales. Es un buen recordatorio de que extender la biblioteca no consiste únicamente en hacer llegar libros, sino también conocimiento bibliotecario, mediación y servicios.
La colaboración permite llegar a lugares donde la biblioteca difícilmente podría hacerlo sola
Hay algo que se repite en prácticamente todos estos ejemplos. La biblioteca no trabaja sola.
En unos casos colabora con profesionales sanitarios, en otros con servicios sociales, asociaciones, voluntariado, residencias o instituciones penitenciarias. Estas alianzas permiten combinar conocimientos diferentes. El personal bibliotecario sabe seleccionar materiales, organizar colecciones, recomendar lecturas y diseñar servicios. Los profesionales de otros ámbitos conocen las condiciones del entorno y las necesidades específicas de las personas con las que trabajan.
Esa combinación es especialmente importante porque no todo sirve en cualquier contexto. Un hospital puede requerir determinadas condiciones de higiene. Una persona con dificultades visuales puede necesitar letra grande o audiolibros. En una residencia quizá tenga sentido una lectura compartida. En un centro penitenciario pueden ser necesarios materiales en diferentes idiomas, lectura fácil o colecciones ajustadas a perfiles muy diversos.
La colaboración evita que la biblioteca llegue con una solución preparada de antemano y permite construirla junto a quienes conocen mejor cada realidad. De hecho, el Manifiesto IFLA-UNESCO insiste tanto en adaptar los servicios a las necesidades de la comunidad como en establecer alianzas con organizaciones, asociaciones y otros profesionales.
Sacar la biblioteca fuera exige selección, organización y continuidad
Poner unos cuantos libros en una caja y llevarlos a otro lugar puede ser un comienzo, pero difícilmente constituye por sí solo un servicio bibliotecario. Hace falta conocer a las personas destinatarias, seleccionar materiales adecuados, decidir cómo circularán, prever su renovación y establecer quién se encargará de cada parte.
También importa la accesibilidad. Audiolibros, lectura fácil, letra grande o materiales en distintos idiomas pueden ampliar considerablemente el alcance de una colección. Y conviene pensar en algo que a veces resulta menos visible, la mediación. Una selección bibliográfica, una recomendación personalizada o una lectura en voz alta pueden ser tan importantes como el propio préstamo.
La logística tampoco es menor. Hay que coordinar entregas y devoluciones, mantener las colecciones, establecer protocolos cuando el servicio se presta en hospitales o centros con condiciones particulares y encontrar colaboradores cuando sean necesarios.
Pero probablemente uno de los aspectos más importantes sea la continuidad. Una actividad aislada puede tener valor. Un servicio estable permite crear relaciones, conocer mejor a las personas y aprender de la experiencia para ir ajustándolo. La extensión bibliotecaria funciona mejor cuando forma parte de la manera en que la biblioteca entiende a su comunidad y no solamente de una programación excepcional.
Una biblioteca que llega hasta donde están las personas sigue siendo biblioteca
Quizás la imagen más habitual de una biblioteca continúe siendo la de un edificio lleno de libros. Y está bien que así sea. Necesitamos bibliotecas abiertas, accesibles, cómodas y llenas de vida. Espacios en los que estudiar, leer, encontrarse, aprender y participar.
Pero una biblioteca pública es también un servicio. Y los servicios pueden moverse.
Pueden aparecer en la habitación de un hospital a través de una lectura, llegar hasta una casa dentro de una bolsa con libros, entrar en una residencia mediante una conversación literaria o colaborar en la renovación de la colección de una biblioteca penitenciaria.
Nada de esto resta importancia al edificio. Al contrario. Amplía su radio de acción y refuerza su función pública.
Porque quizás una biblioteca no debería preguntarse únicamente cuántas personas atraviesan cada día sus puertas. También puede preguntarse quiénes no pueden atravesarlas y qué podría hacer para llegar hasta ellas. Ahí comienza otra forma de entender sus límites. Una en la que las paredes siguen existiendo, pero dejan de marcar hasta dónde puede llegar la biblioteca.
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