Quedar para leer, pero sin necesidad de leer el mismo libro ni tener que comentarlo después. Las silent reading parties y otras formas de lectura silenciosa compartida están empezando a aparecer en bibliotecas, universidades, librerías y otros espacios culturales. La propuesta suele ser sencilla. Cada persona lleva el libro que quiera, se reserva un tiempo para leer en silencio y se comparte espacio con otras personas que están haciendo exactamente lo mismo. En un momento en el que encontrar tiempo y concentración para leer no siempre resulta fácil, las bibliotecas tienen ante sí una actividad sencilla que conecta con varias necesidades actuales. Permite parar, alejarse durante un rato de las distracciones, avanzar en una lectura y sentirse parte de una comunidad sin que conversar sea obligatorio.
La idea, en realidad, no es completamente nueva. Las denominadas Silent Reading Parties se celebran desde hace años y Silent Book Club ha extendido internacionalmente un modelo basado en una premisa parecida. No hay una lectura asignada, cada persona lleva su propio libro y se reserva aproximadamente una hora para leer. Antes o después puede haber conversación, pero participar en ella no es una condición para formar parte del encuentro. Su propia guía para poner en marcha un Silent Book Club insiste precisamente en esa flexibilidad y en la ausencia de lecturas obligatorias.
Lo interesante ahora es observar cómo esta forma de encontrarse alrededor de los libros está entrando también en la programación de algunas bibliotecas españolas. No sustituye al club de lectura ni pretende hacerlo. Simplemente propone otra manera de convertir una actividad habitualmente individual en una experiencia compartida.
Leer en compañía sin necesidad de estar leyendo el mismo libro
Una silent reading party puede resultar extraña cuando se explica por primera vez porque aparentemente sucede muy poco. Un grupo de personas se reúne, cada una abre su libro y empieza a leer. No hay una obra que terminar antes de determinada fecha, preguntas preparadas ni necesidad de intervenir delante del resto.
Precisamente ahí está buena parte de su atractivo. La lectura continúa siendo individual, pero deja de ser necesariamente solitaria. Cada participante puede estar leyendo una novela, un ensayo, un cómic o cualquier otro libro mientras comparte espacio y tiempo con personas que han acudido con la misma intención.
Esto marca una diferencia importante respecto al club de lectura tradicional. En este último suele existir una obra común y la conversación sobre ella ocupa un lugar central. La lectura silenciosa compartida desplaza ese centro hacia el propio acto de leer. La conversación puede existir antes o después, pero no tiene por qué hacerlo.
No parece necesario elegir entre un modelo y otro. Una biblioteca puede mantener sus clubes de lectura y, al mismo tiempo, ofrecer encuentros para quienes buscan una actividad con menos compromisos previos. Incluso pueden servir a una misma persona en momentos diferentes.
Encontrar tiempo para leer puede ser tan importante como encontrar el próximo libro
Quizás el interés de estas actividades tenga menos que ver con el silencio que con el tiempo. Muchas personas quieren leer más, tienen libros esperando en casa o empiezan lecturas que van dejando para otro momento. Una sesión programada convierte ese deseo bastante impreciso de «tengo que leer más» en una cita concreta.
A eso se suma la concentración. Algunas iniciativas incorporan expresamente la desconexión de los dispositivos. Esade Reads, impulsado desde la Biblioteca de Esade, establece unas normas especialmente claras. Cada participante puede llevar su libro o tomar uno prestado, la lectura se realiza en silencio y no se permiten teléfonos, ordenadores portátiles ni tablets durante ese tiempo, aunque sí lectores electrónicos.
Pero hay otro elemento que no conviene perder de vista. Estas actividades permiten estar con otras personas sin exigir una interacción constante. Se puede pertenecer momentáneamente a una comunidad lectora simplemente estando allí y leyendo. Para algunas personas habrá conversación después. Para otras, la experiencia terminará al cerrar el libro. Ambas formas de participar son válidas.
Algunas bibliotecas españolas ya están probando distintas formas de leer juntas en silencio
La Biblioteca Municipal de Baza José Becerril Madueño organizó su primera Silent Reading Party coincidiendo con el Día de las Bibliotecas. La propuesta se celebró en el patio exterior y era gratuita y abierta a todos los públicos. Cada participante podía llevar su propio libro o escoger uno de la biblioteca y se reservaron treinta minutos para leer. Hubo una bienvenida inicial y, después de la lectura, otras intervenciones y posibilidades de conversación. La experiencia contó también con la participación de grupos lectores de la localidad, como recogió el CEPER María de Luna al contar la asistencia de su club de lectura a esta primera Fiesta de la Lectura Silenciosa.
La Biblioteca Pública de Zamora también ha acogido, impulsada por el centro sociocultural Peromato, una Fiesta de la Lectura Silenciosa con varios encuentros. Las personas participantes acudían con sus libros para compartir un tiempo de lectura personal en compañía y podían quedarse después para intercambiar impresiones y recomendaciones.
También encontramos fórmulas todavía más sencillas. La biblioteca de la Escola Oficial d’Idiomes de Terrassa ha organizado sesiones de lectura silenciosa compartida de manera periódica. Esa continuidad resulta interesante porque convierte la propuesta en algo cotidiano, casi en una cita estable para reservar un rato a la lectura.
Y no todas las actividades que utilizan este nombre funcionan exactamente igual. La Biblioteca de Salou ha celebrado también su propia Silent Reading Party, aunque en este caso las personas participantes leyeron individualmente el mismo relato corto para comentarlo después en grupo. Está mucho más cerca del club de lectura, aunque incorpora la lectura conjunta y simultánea dentro de la propia sesión.
Esta variedad es importante. No estamos ante un formato con unas reglas cerradas, sino ante distintas maneras de explorar algo muy sencillo. Se trata de reunir personas para dedicar juntas un tiempo a leer.
La lectura silenciosa compartida reduce algunas barreras para participar en una actividad bibliotecaria
Una de las ventajas de este tipo de encuentros es que prácticamente no requieren preparación por parte de quien participa. No hay que terminar un libro antes de acudir, llegar con una opinión formada ni comprometerse durante varios meses. Se puede empezar con el libro que cada persona tenga entre manos.
Eso permite que la actividad se sitúe en un punto interesante entre la lectura individual y las propuestas participativas tradicionales. La biblioteca crea comunidad, pero no obliga a socializar. Fomenta la lectura, pero no prescribe necesariamente qué leer. Programa una actividad, pero deja buena parte de la experiencia en manos de cada participante.
También puede convertirse en una forma diferente de descubrir la colección. Quien llegue sin libro puede encontrar una pequeña selección preparada por la biblioteca o acercarse directamente a las estanterías. La actividad puede terminar generando recomendaciones espontáneas simplemente al ver qué están leyendo otras personas.
Organizar una sesión de lectura silenciosa no necesita demasiados recursos
Probablemente este sea otro de sus puntos fuertes. Una biblioteca puede probar el formato sin montar una programación compleja. Bastaría con elegir un espacio cómodo, establecer una fecha y reservar entre treinta minutos y una hora para la lectura.
La sesión podría comenzar con una bienvenida de cinco o diez minutos para explicar la dinámica. Después llegaría el tiempo de lectura, durante el cual cada persona leería el libro que quisiera. Los teléfonos pueden mantenerse silenciados o, si se quiere reforzar la desconexión, proponer voluntariamente dejarlos guardados.
Al terminar se puede abrir un pequeño espacio para quien quiera contar qué está leyendo, recomendar un libro o simplemente conversar. Pero conviene mantener algo que forma parte de la esencia de la propuesta. Nadie debería sentirse obligado a hablar. También es perfectamente válido cerrar el libro, despedirse y marcharse.
Una prueba inicial permitiría observar la respuesta de la comunidad antes de convertirla en una actividad periódica. Quizás funcione mejor una tarde al mes, una mañana de sábado, en el jardín de la biblioteca cuando haga buen tiempo o vinculada a celebraciones como el Día del Libro o el Día de las Bibliotecas. Cada biblioteca puede encontrar su propia fórmula.
Las bibliotecas pueden ofrecer algo cada vez más difícil de reservar por nuestra cuenta
Las bibliotecas llevan mucho tiempo creando clubes, talleres, encuentros con autores, presentaciones y actividades de fomento de la lectura. La lectura silenciosa compartida no viene a sustituir nada de eso. Añade una posibilidad que resulta casi paradójica porque consiste, básicamente, en programar tiempo para que no ocurra nada más que leer.
Y quizás ahí esté precisamente su valor. La biblioteca aporta el espacio, los libros y un contexto compartido. Las personas aportan su tiempo. No hace falta convertir cada encuentro alrededor de la lectura en una conversación, una formación o una actividad dirigida.
A veces también necesitamos un lugar donde sentarnos, abrir un libro y saber que durante la siguiente hora no tenemos que hacer ninguna otra cosa.
Quizás una de las actividades más sencillas que puede organizar hoy una biblioteca sea también una de las que mejor responda a una necesidad muy actual. Ofrecer un lugar y un tiempo para parar, concentrarse y leer junto a otras personas. Cada cual con su libro, cada cual a su ritmo, pero en compañía.
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